Como coach certificado en el método TRUST® y con una trayectoria técnica en IT y ciberseguridad, he observado que la nostalgia por una fase que uno mismo quiso abandonar no es una contradicción, sino una señal de que esa etapa cumplió funciones que aún no hemos sustituido.
Cuando decido dejar atrás un trabajo de desarrollo de software para pasar a la gestión de proyectos, por ejemplo, mi identidad profesional se reconfigura. En una sesión ficticia (cliente “Ana”, ingeniera de sistemas) noté que, aunque Ana había alcanzado su objetivo, seguía recordando los retos técnicos como si fueran una comunidad a la que había pertenecido. Esa pertenencia no desaparece al cerrar el contrato; se transforma en una referencia interna que el cerebro usa para validar su valía.
En muchos casos la etapa que se quiere abandonar quedó incompleta. En otro caso ilustrativo (cliente “Luis”, analista de seguridad) la presión por pasar a un rol de liderazgo dejó varios “hilos” de proyectos sin cerrar. La mente retiene esos hilos como “espacios sin resolver”, lo que genera una sensación de falta que se interpreta como extrañar la etapa.
El cerebro premia la familiaridad porque reduce la carga cognitiva. Cuando cambio de entorno, el nivel de estrés aumenta y el recuerdo de la zona de confort aparece como una nostalgia que, en realidad, protege contra la sobrecarga. En mi propia experiencia, al migrar de un puesto de administrador de redes a consultor independiente, descubrí que la rutina de tickets diarios era una estructura que, aunque monótona, me ofrecía predictibilidad.
El método TRUST® propone pasar de tengo que a quiero. En lugar de rechazar la nostalgia, la utilizo para identificar qué elementos de la etapa anterior son esenciales para mi bienestar actual. Por ejemplo, en la sesión ficticia con Ana, el deseo de “volver a codear” se tradujo en una práctica semanal de desarrollo personal que no compromete su nuevo rol.
En síntesis, extrañar una etapa no significa que la decisión haya sido equivocada; indica que ciertos componentes –identidad, aprendizajes pendientes, confort y sentido de pertenencia– siguen vigentes y deben ser reintegrados de forma consciente. Al reconocerlos, podemos diseñar transiciones más sostenibles y alineadas con lo que realmente queremos, no con lo que creemos que debemos dejar atrás. Esta reflexión también es útil para equipos de TI que atraviesan reorganizaciones, pues reconocer la nostalgia colectiva facilita una gestión del cambio más humana y menos reactiva.